LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/GELY PACHECO/ULTIMÁTUM
Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando hablamos de la participación política de las mujeres: ¿qué precio pagamos por ocupar el espacio público? Y también hay otra cosa que es importante comprender: que el espacio digital es un espacio público y de participaciónpolítica.
Durate décadas se nos dijo a las mujeres que nuestro lugar estaba en lo privado: administrando el hogar. Y administrar el hogar incluía todo lo que tenía que ver con la familia, la casa, la educación y los cuidados, y que aquello supuestamente no debía mezclarse con la políticay con lo público. Hoy las mujeres hemos llegado a los congresos, a los ayuntamientos, a las universidades, a las empresas, a los tribunales, a los medios de comunicación y a muchos otros espacios de decisión. Hemos conquistado derechos y hemos ganado presencia, sin embargo, algo permanece: la vigilancia sobre nuestros cuerpos, nuestras decisiones y nuestra vida privada.
Las redes sociodigitales han transformado radicalmente la manera de hacer política. Una diputada, una presidenta municipal, una regidora, una académica o una empresaria ya no depende exclusivamente de los medios tradicionales para comunicar lo que piensa, mostrar su trabajo o construir una comunidad. Facebook, Instagram, TikTok Facebook, X, WhatsApp y otras plataformas permiten hablar directamente con quienes siguen nuestras agendas, compartir actividades, defender causas y construir una voz propia.
Lo privado también es político. El feminismo nos enseñó que aquello que ocurre en nuestra vida personal no está separado de las estructuras de poder. Hablar de nuestras experiencias, de nuestras familias, de nuestros afectos o de aquello que nos atraviesa también puede ser una forma de ejercer ciudadanía y construir comunidad. Pero existe una diferencia enorme entre decidir mostrar una parte de nuestra vida y que otros decidan convertirla enun espectáculo.
Eso ha ocurrido en los últimos años y es lamentable que nuestro estado de Chiapas, ocupa uno de los primeros lugares en violencia política en razón de género contra las mujeres en México, y hace un par de meses ocurrió con una mujer chiapaneca que, además de ser una mujer joven, es diputada local. Una publicación en sus redes sociales hizo público un aspecto de su vida afectiva. A partir de entonces, comenzaron a circular en Facebook imágenes, montajes, textos y publicaciones que dejaron de hablar de su trabajo legislativo para concentrarse en su relación sentimental. De pronto, su trayectoria política dejó de ser el centro de la conversación.
No se discutieron sus iniciativas, no se analizaron sus posicionamientos, no se cuestionó su desempeño parlamentario. Se habló de su vida privada pero además, quienes lo hicieron, creyeron que tenían todo el derecho de hacerlo. Y ahí aparece una de las formas más perversas de la violencia contra las mujeres en política: cuando aquello que debería pertenecer a nuestra esfera personal es utilizado para poner en duda nuestra capacidad pública.
A los hombres en política también se les critica. Por supuesto. Pero existe una diferencia que debemos atrevernos a nombrar: a las mujeres se nos juzga bajo condiciones distintas. A un hombre difícilmente se le pregunta quién fue su pareja para explicar su trayectoria política o a qué grupo político pertenece y le respalda. No suele convertirse su apariencia física en argumento para cuestionar su capacidad ni su edad. Tampoco es común que una relación sentimental sea utilizada para insinuar que obtuvo un cargo por razones distintas a su preparación o experiencia. A las mujeres sí.
Nuestro cuerpo se vuelve argumento. Nuestra edad, argumento. Nuestra ropa, argumento. Nuestra maternidad, argumento. Nuestra vida sentimental, argumento. Y cuando una mujer decide ocupar un espacio de poder, pareciera que su vida privada deja de pertenecerle.
Las redes sociales han creado un territorio nuevo para esta disputa. Un territorio en el que cualquiera puede convertirse en comentarista, periodista, editor, creador de memes o productor de imágenes. La violencia ya no necesita necesariamente de un gran medio de comunicación: puede surgir desde una página anónima, multiplicarse en cientos de comentarios y alcanzar a miles de personas en cuestión de horas.
Lo preocupante no es únicamente la existencia de una publicación violenta. Es lo que ocurre después. La gente comenta. Comparte. Se burla. Agrega una nueva interpretación. Modifica una fotografía. Produce otra imagen. Alguien más la vuelve a publicar. Y así, una narrativa comienza a adquirir apariencia de verdad. Ese es el momento en que debemos dejar de hablar únicamente de una publicación y comenzar a hablar de una cultura.
Porque cuando miles de personas participan en el mismo juicio contra una mujer, la violencia deja de ser individual. Se convierte en colectiva. Y quizá ahí esté una de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo: ¿qué mensaje estamos enviando a las mujeres que observan todo esto? Que pueden llegar al poder, sí pero que deberán cuidar cada fotografía: Cada relación, cadadecisión personal, cada palabra y cada parte de su vida que decidan compartir.
Porque si se equivocan, si aman, si se separan, si cambian de pareja, si envejecen, si engordan, si se muestran demasiado, si se muestran muy poco, alguien estará dispuesto a utilizarlo para recordarles que, aunque hayan llegado al espacio público, todavía existen quienes consideran que no les pertenece, pero además hacer esto no es solamente un mensaje para ellas, sino para todas las mujeres que nos atrevamos a participar pública y políticamente.
Y cuando una mujer comienza a callarse o autocensurarse para evitarlo, la violencia ya consiguióalgo mucho más profundo que desacreditarla: consiguiólimitar su voz y su participación política. Y ahora tenemos una nueva herramienta que puede hacer todavía más compleja esta realidad: la inteligencia artificial. Hoy podemos modificar rostros, construir escenas que nunca ocurrieron, alterar fotografías y producir imágenes capaces de parecer reales en cuestión de segundos.
La tecnología, por supuesto, no es el problema; el problema aparece cuando estas herramientas se utilizan para humillar, sexualizar, ridiculizar o desacreditar a una mujer por el hecho de ocupar un espacio público. ¿Qué sucede cuando una mentira puede convertirse en imagen y una imagen puede circular como verdad? ¿Qué pasa cuando la violencia deja de necesitar siquiera una fotografía real para construir una narrativa sobre nosotras?
De esto hablaré en la segunda parte: de las imágenes, la inteligencia artificial, los discursos de odio y de cómo la violencia digital puede convertirse en una forma contemporánea de disciplinar la presencia de las mujeres en el espacio público. Porque hay violencias que se vuelven tan cotidianas que dejamos de reconocerlas, y precisamente por eso hay que nombrarlas. Lo que no se nombra, no existe.
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