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LA GRANDEZA DE BRUNO GIESEMANN

20 de agosto de 2026
in Opiniones
LA GRANDEZA DE BRUNO GIESEMANN
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ESCUDO Y ESPADA/OSCAR SIEBER/ULTIMÁTUM

A Bruno Giesemann llegué a conocerlo cuando yo tenía 26 años. En aquel entonces trabajaba para Canal 10, la televisora del Estado de Chiapas, y la directora me había encomendado producir un video turístico para promover un conjunto de destinos chiapanecos. Fue durante aquella gira por el Soconusco cuando conocí por primera vez la llamada Ruta del Café, integrada, entre otras, por las fincas de origen alemán Argovia, propiedad de Bruno Giesemann, y Hamburgo, de Thomas Edelmann.

Sin lugar a dudas, aquella visita me cautivó profundamente. Conocer propiedades de estilo europeo, enclavadas en medio de una vegetación exuberante y rodeadas de ríos, jardines, búngalos y distintas amenidades, despertó en mí una gratificante sensación de inspiración. Ambas fincas me parecían escenarios de ensueño, como espacios que reclamaban respirar dentro del cine.

Pero mi vínculo más estrecho con Bruno vendría años después, en julio de 2020, cuando regresé a la región con motivo de la realización de un trabajo documental sobre el café, la migración alemana y una leyenda urbana.

Esta vez, sin saberlo entonces, aquel sería también el año en que conocería mejor a Bruno: al extraordinario ser humano que dejaría en mí una huella profunda y que se convertiría en uno de mis más importantes referentes de honorabilidad.

No dudo que Bruno Giesemann reunió, para muchas personas, una larga lista de roles a lo largo de su vida; yo alcancé a conocerlo como padre de familia y agrónomo de profesión. Vi en él a un hombre comprometido con la vida silvestre, con su comunidad en Finca Argovia, con su municipio, Tapachula, y con Chiapas. Y también constaté que era un ser humano que no solamente fue muy querido por familiares y amigos, sino también admirado. Los comprendo.

He conocido a muchas personas, tanto a nivel personal como a través de los medios, y de todos esos centenares de personalidades, su estilo me pareció único. Sus cualidades se manifestaban, sobre todo, en su manera tan educada de conducirse, no solo con los extraños, sino también con sus propios trabajadores. Era generoso, solidario y poseía una nobleza extraordinaria que, quizá por mi propia percepción, siempre asocié con sus raíces alemanas. Porque muy pocas veces me ha tocado ver algo semejante en un mexicano.

Era un hombre de carácter sólido, pero capaz de conservar en todo momento la cordialidad y la gentileza. Pero también me tocó, un día, conocer su lado más sensible. Mientras conversábamos sobre algunos aspectos de su vida, vi cómo una lágrima recorrió su rostro.

Nunca tuve del todo claro qué era aquello que lo había conmovido. Tengo una idea, pero prefiero no afirmarla. Lo que sí percibí fue la lucha silenciosa de un hombre que, en muchos sentidos, se sentía incomprendido frente a la grandeza de su propia visión.

Aquel fue el momento en que el espíritu de Bruno, sin pretenderlo, dejó una firma en mi corazón: el deseo de reivindicar, algún día, una parte de su legado.

Desde entonces quedó en mí, intacta, la idea de pensar en él hacia el futuro; de esperar el momento oportuno para convertirme en un aliado suyo y, de alguna manera, participar en sus sueños.

Pero lo inevitable llegó. Me enteré de su enfermedad terminal. Yo vivía entonces en Alemania y, quizá, mucha gente no imaginaría que una parte de mi regreso a México también estaba relacionada con la idea de apoyarlo durante sus últimos días.

Desafortunadamente, yo no estaba listo. También me sentí con la desventaja de la incomunicación. Le escribía mensajes a su celular pero debido a su enfermedad, ya no respondía. Creí que tendría más tiempo. Creí que todavía habría oportunidad de hacer aquello que alguna vez imaginé. Hasta que la noticia de su muerte me alcanzó de manera inesperada.

Lo mucho que logré hacer este mismo año, después de regresar de Alemania, para honrar su persona, fue celebrar mi cumpleaños número 39 en su finca el 2 de enero de este año 2026. Logré verlo apenas unos escasos cinco minutos y le había dicho esa mañana que quería que me acompañara a partir mi pastel a la hora de la comida. Me habló brevemente de su condición con una fortaleza magnánima, se disculpó por no poder acompañarme dada su condición y finalizó felicitándome.

Aunque no es lo mismo, el día de su funeral fue la segunda ocasión en que pude estar cerca de él este año. Permanecí casi todo el día: desde las 11 de la mañana hasta la 1 de la madrugada del día siguiente. Sentado, meditando, orando, reflexionando sobre la vida y la muerte; sobre su paso por el mundo y sobre la huella que dejó en nuestras vidas quienes tuvimos la oportunidad de acompañarlo.

Pero también procuré mantener viva la esperanza y la fe por su alma, conviviendo respetuosa, alegre y cálidamente con los seres queridos que lo acompañaron, mientras intercambiábamos algunas de sus notables anécdotas.

Parte de la influencia de Bruno sobre mí consistió en aprender muchas cosas de su señorío y de sus gustos particulares. Aprendí a tomar café. Adopté su preferencia por el sabor del café a través del espressodoble que bebía por las mañanas, cuando alguna vez desayunamos juntos. Decía que era la forma más pura de saborear el café, y tenía razón.

Aprendí también de su rigurosa y metódica manera de observar la realidad. Me contó, entre sus anécdotas, que, dolido por la falta de interés de los políticos en el mantenimiento de sus carreteras, un día caminó toda la carretera que conducía de su finca hacia Tapachula para contabilizar cuántos baches tenía. Recuerdo que la cifra oscilaba alrededor de los 1,700. Esa agudeza para medir el deterioro me sorprendió.

Pero creo que, dentro de tantas cosas que más me llevaron a aprender de Bruno y de su elevada perspectiva de la vida, una de ellas fue la manera en que afrontó su destino. Sin miedo.

Pablo Albores, un amigo en común y gran aliado del gremio turístico chiapaneco de Bruno, fue quien me transmitió no solo la noticia mientras yo estaba fuera del país, sino que también resaltó la valentía con la que aceptaba y afrontaba su situación a pesar de su enfermedad.

—Es un hombre con muchos cojones —me dijo.

—No lo dudo —pensé.

La razón por la que inscribo parte de la memoria de Bruno en mis páginas, para que la gente pueda comprender mi afecto por él, responde al genuino respeto que le guardo como ser humano y como hombre que lideró un proyecto de vida consigo mismo, con su familia, con su comunidad y con su vocación. Un respeto incluso superior al que le podría guardar a un gobernador o a un presidente de México. A ese nivel.

Desde luego, con estas líneas no alcanzo a describir toda la cosmogonía de Bruno; sin embargo, dejo aquí algunos retazos de una parte de ese microuniversoque alcancé a disfrutar de su vida.

Ojalá lo hubiera podido conocer mucho antes. Pero bueno, Dios así lo quiso. 

Muchas gracias por todo. Luz eterna para ti, amigo y hermano.

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