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Nómina de una vejez impagable

20 de agosto de 2026
in Opiniones
Nómina de una vejez impagable
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Colaboración Invitada/Nizaleb Corzo/Ultimátum

Durante buena parte de este siglo, en México nos hemos consolado con una idea que parecía inteligente y en realidad era pura pereza intelectual. Nos dijimos que teníamos un bono demográfico, una masa enorme de gente joven entrando al mercado laboral, y que ese solo hecho nos empujaría hacia la prosperidad. Lo repetimos en discursos de gobierno, en foros empresariales, en editoriales de fin de año. La palabra bono tenía un aire tranquilizador, casi bancario, como si el futuro nos hubiera depositado un capital y solo tuviéramos que esperar a que rindiera intereses. Lo que casi nadie dijo con claridad es que la demografía no deposita capital. Deposita tiempo. Y el tiempo, a diferencia del dinero, no genera rendimientos por sí solo. Se gasta, con o sin nuestro permiso.

Conviene recordar cómo funciona esa ventana, porque la nostalgia ya empezó a deformarla. El bono demográfico aparece cuando la población en edad de trabajar supera a la dependiente, los niños por un lado y los adultos mayores por el otro. Según la CEPAL, el de México se abrió en 1970 y se cerrará alrededor de 2031. Sesenta y un años de holgura demográfica, una de las ventanas más largas que un país puede recibir. Estamos, literalmente, en sus últimos cartuchos. Y la pregunta que importa no es cuándo termina, sino qué construimos mientras duró. Porque una ventana demográfica no es un logro. Es una condición. Lo que se hace con ella, eso sí es una decisión, y las decisiones se acumulan durante décadas hasta que un día se vuelven irreversibles.

Para entender qué significa aprovecharla o desperdiciarla, vale la pena voltear a ver a quienes recibieron un plazo parecido y lo administraron de otra manera. China es el caso extremo y también el más incómodo de idealizar. Su población ya está disminuyendo y envejece a una velocidad que le costará caro. Su modelo dejó desequilibrios enormes, un mercado inmobiliario inflado, un consumo interno débil que hoy el propio Fondo Monetario Internacional le señala como su principal freno, y un costo humano y político que sería obsceno pasar por alto. Nada de eso conviene imitarse. Pero hay un dato que ordena la discusión. Su ingreso por habitante se multiplicó cerca de catorce veces desde el año 2000. China envejeció, sí, pero envejeció después de haberse industrializado, después de haber levantado infraestructura, capacidad exportadora, formación de capital. Llegó tarde a la vejez, pero llegó con la casa construida.

El contraste que de verdad debería quitarnos el sueño no es China. Es Vietnam. Un país que hace tres décadas era más pobre que buena parte de nuestro territorio y que en 2025 creció alrededor de ocho por ciento, mientras México apenas alcanzó un raquítico 0.6. No es un dato de un año afortunado. Es el resultado de una apuesta sostenida por la manufactura, la inversión extranjera, la integración a las cadenas globales y la infraestructura que las hace posibles. Vietnam también empezará a envejecer, y también carga con sus propias fragilidades, pero está haciendo lo único que la demografía exige mientras dura, que es convertir gente joven en capacidad productiva instalada. Su ingreso por habitante sigue siendo menor que el nuestro, conviene decirlo para no exagerar. La diferencia es la trayectoria. Ellos suben la pendiente a la carrera. Nosotros la subimos como quien pasea.

India cuenta otra parte de la historia, la del principio y no la del final. Conserva una población joven inmensa y crece por encima del seis por ciento, y por eso mismo funciona como recordatorio de lo que México tuvo hace veinte años y ya no volverá a tener. Pero sería un error presentarla como caso resuelto. India todavía no consigue traducir ese caudal humano en empleo formal suficiente, la participación laboral femenina sigue siendo baja y buena parte de su fuerza de trabajo permanece en actividades de baja productividad. India tiene el tiempo que a nosotros se nos acaba, y aún así no ha demostrado que sepa cobrarlo. Que sirva de advertencia, porque tener juventud abundante nunca fue garantía de nada.

Y llegamos a México, que es donde el argumento deja de ser comparativo y se vuelve incómodo. Durante los años en que la ventana estuvo más abierta, entre 2000 y 2025, sumamos más de veintisiete millones de personas a la edad productiva. Un ejército de trabajadores. ¿Y qué hicimos con él? El ingreso por habitante creció alrededor de 85 por ciento en ese mismo cuarto de siglo, una cifra que suena decente hasta que se pone al lado del catorce a uno chino y se entiende su verdadera dimensión. La productividad se mantuvo esencialmente estancada durante décadas. Y más de la mitad de quienes trabajan, alrededor del 55 por ciento al cierre de 2025 según el INEGI, lo hacen en la informalidad, es decir, sin seguridad social, sin cotizar para una pensión, sin acumular los derechos que sostienen una vejez digna. Recibimos el ejército y lo mandamos a trabajar sin contrato.

Ahí está el nudo, y no es demográfico sino institucional. La informalidad no es un accidente cultural ni una fatalidad del carácter mexicano. Es el resultado de decisiones tomadas por personas con nombre, cargo y sueldo público, a lo largo de gobiernos de todos los colores, que durante medio siglo prefirieron administrar la pobreza a combatir sus causas. Es más fácil repartir que formalizar, más rentable en las urnas entregar apoyos que construir la infraestructura y la educación que multiplican el trabajo de cada persona. Cada sexenio heredó una ventana un poco más estrecha que el anterior, y cada uno prefirió gastar el capital político en lo que rendía frutos antes de la siguiente elección. Tuvimos disciplina fiscal en algunos tramos, y estuvo bien tenerla. Lo que nunca tuvimos fue una clase dirigente dispuesta a pagar el costo de una transformación cuyos beneficios cobraría su sucesor. La productividad no da votos en el corto plazo. Por eso nadie la construyó.

Porque la factura ya viene en camino, y llega con una crueldad aritmética difícil de discutir. Entre 2000 y 2025 la población mayor de 65 años pasó de cinco a más de once millones, y hacia 2050 volverá a más que duplicarse. Ese envejecimiento va a presionar el gasto en salud y en pensiones sobre un Estado que no construyó ni la productividad ni el espacio fiscal para pagarlo, y sobre un sistema donde los que cotizan formalmente son minoría. Los países ricos envejecieron después de hacerse ricos. México corre el riesgo de envejecer antes, con una mayoría de trabajadores que nunca cotizó y un fisco que ya batalla para cerrar sus cuentas. La bomba es inevitable en su llegada. Lo único que todavía se puede decidir es qué tan fuerte estalla, y esa decisión también la están tomando, ahora mismo, personas concretas que dentro de veinte años ya no estarán para responder por ella.

Quisiera cerrar sin moraleja, porque el diagnóstico ya la contiene. México creyó durante décadas que su juventud era un patrimonio. Era, en realidad, un plazo. Recibimos tiempo, mucho tiempo, más que casi cualquier economía comparable, y una sucesión de gobiernos lo consumió sin elevar lo único que convierte el tiempo en riqueza, que es la productividad de la gente. No fue mala suerte ni destino. Fue una preferencia, repetida elección tras elección, por lo urgente sobre lo importante y por lo visible sobre lo estructural. Otros recibieron menos y lo cobraron mejor porque tuvieron dirigentes dispuestos a construir para un país que no los aplaudiría a tiempo. El bono nunca fue el regalo que nos dijimos. Era un préstamo que había que trabajar. Y lo que no supimos cobrar no fue el capital, que nunca existió. Fue el interés, que dependía enteramente de quienes decidieron por nosotros.

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El autor es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor del libro Arquitectura o Inercia.

ncorzo@gmail.com

@NizalebCorzo

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