SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Presidir un Congreso no es solo ocupar la silla principal del salón de plenos. Es asumir la responsabilidad de conducir el cuerpo político más plural y a veces más complicado de un estado: cuarenta voluntades, cuarenta representaciones, cuarenta maneras distintas de entender lo que le conviene a Chiapas. Sacar de ahí acuerdos, agenda y resultados requiere algo más que el mazo de la presidencia. Requiere temple, oficio y, sobre todo, la capacidad de tender puentes donde otros solo ven trincheras.
Esta semana, la diputada Marcela Castillo asumió esa responsabilidad al encabezar su primera sesión como presidenta de la Mesa Directiva del Congreso del Estado. Y el mensaje con el que abrió su gestión merece destacarse, porque marcó desde el primer minuto el tono con el que pretende conducir los trabajos legislativos: unidad, trabajo conjunto y las puertas abiertas.
No son frases menores. En política, la manera en que alguien inaugura una responsabilidad suele anticipar cómo la va a ejercer. Y Marcela Castillo eligió inaugurar la suya no con protagonismos ni con anuncios estridentes, sino con un llamado a lo que un Congreso debería ser siempre y pocas veces es: un espacio de trabajo en equipo al servicio de la gente.
Lo dijo con claridad: para ella es un honor presidir esa mesa, darle continuidad a los trabajos y a la agenda legislativa, y seguir trabajando con las puertas abiertas como el Congreso se ha distinguido hasta ahora. Legislando de la mano de la gente. Legislando por las buenas causas. Poniendo el beneficio del estado por encima de cualquier cálculo particular.
La frase de las puertas abiertas no es un adorno retórico. Es, en el fondo, una definición de lo que debe ser el poder legislativo en una democracia que se respete. Un Congreso con las puertas cerradas es un Congreso que legisla a espaldas del pueblo, que aprueba en lo oscurito, que convierte la representación popular en un club de acceso restringido. Un Congreso con las puertas abiertas es lo contrario: es el que escucha, el que recibe, el que entiende que las leyes que produce no son para lucimiento de los diputados sino para mejorar la vida de quienes los eligieron.
Que la nueva presidenta de la Mesa Directiva ponga ese principio al centro de su mensaje inaugural es una buena señal. Ahora falta, como siempre en política, que las palabras se traduzcan en hechos. Pero el punto de partida es el correcto.
Hay un elemento en el discurso de Marcela Castillo que conviene subrayar porque no es común y porque dice mucho de su estilo: la insistencia en el trabajo colectivo. No habló de lo que ella va a hacer. Habló de lo que van a hacer juntos. Recordó que son cuarenta diputadas y diputados quienes hacen el trabajo, y que su función al frente de la mesa es facilitar ese esfuerzo compartido, no protagonizarlo. Agradeció a sus compañeros la confianza de permitirle encabezar el equipo, y prometió seguir haciéndolo precisamente así: en equipo.
Esa humildad institucional es más rara de lo que debería. En una clase política acostumbrada a que cada cargo se convierta en plataforma personal, en trampolín, en oportunidad de lucimiento individual, encontrar a alguien que asume la presidencia de un Congreso hablando de equipo y no de sí misma es refrescante. Porque un presidente de Mesa Directiva que entiende su papel como el de un articulador, como el de quien hace posible que los demás trabajen, es mucho más útil para el estado que uno que confunde la silla con un pedestal.
El Congreso de Chiapas tiene por delante una agenda legislativa que no es menor. En un momento en que el estado atraviesa un proceso de reordenamiento en múltiples frentes, de saneamiento institucional, de recuperación tras años difíciles, el poder legislativo tiene la responsabilidad de acompañar ese esfuerzo con leyes que le den sustento, con reformas que fortalezcan las instituciones y con un trabajo serio que esté a la altura de lo que Chiapas necesita.
Conducir ese trabajo con espíritu de unidad, sin convertir el pleno en campo de batalla de rencillas partidistas, será la verdadera prueba de la gestión de Marcela Castillo. Porque una cosa es lanzar un mensaje de unidad en la sesión inaugural, cuando todo es cortesía y buenos deseos, y otra muy distinta es sostener esa unidad cuando lleguen los temas espinosos, los debates encendidos, las diferencias que inevitablemente surgen entre cuarenta representantes de distintas fuerzas y visiones.
Ahí se verá el temple. Ahí se medirá si las puertas abiertas son una convicción o solo una frase de arranque.
