SIN CONSENTIMIENTO/MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ RUIZ/ULTIMÁTUM
Hace apenas unos días se anunció la muerte de Yayoi Kusama, a los 97 años. El comunicado difundido por su estudio señala que continuó pintando hasta sus últimos días. Hay algo profundamente coherente en esa imagen final de una mujer todavía frente al lienzo, porque para Kusama crear no fue únicamente producir una obra, sino una forma de permanecer en el mundo y aprender a vivir dentro de sí misma.
Para buena parte del público, su nombre remite inmediatamente a lunares, calabazas monumentales, colores intensos y habitaciones de espejos en las que luces y figuras parecen multiplicarse hasta el infinito. Sus instalaciones producen una fascinación casi inmediata y poseen algo de juego, de asombro infantil, incluso de alegría. Sin embargo, detrás de esa superficie luminosa existe una historia bastante menos amable. Kusama comenzó a experimentar desde niña visiones y alucinaciones visuales y auditivas en las que flores, puntos y redes parecían proliferar hasta cubrir los objetos, las habitaciones, su propio cuerpo y cuanto la rodeaba. Aquellas imágenes que aparecían sin que ella pudiera convocarlas o detenerlas comenzaron muy pronto a trasladarse al papel.
Con el tiempo, lo que había sido una experiencia perturbadora terminó convirtiéndose en uno de los lenguajes visuales más reconocibles del arte contemporáneo. La repetición se volvió su técnica, Kusama cubrió superficies con redes diminutas, acumuló puntos, multiplicó formas y, cuando incorporó espejos y luces a sus instalaciones, llevó esa proliferación hasta hacer prácticamente imposible saber dónde terminaba el objeto y dónde comenzaba su reflejo. De ahí surgió también una de las ideas centrales de su pensamiento artístico, la self-obliteration, que podríamos entender como la disolución o borramiento del yo. Repetir una forma hasta el infinito significaba desdibujar los límites entre el individuo y lo que lo rodea, dejar de ser por un instante una unidad aislada para confundirse con algo mucho mayor.
Quizá por eso sus habitaciones infinitas producen sensaciones aparentemente contradictorias. La repetición puede resultar abrumadora y, al mismo tiempo, hay algo profundamente liberador en perder durante unos segundos la referencia de nuestros propios límites. Estamos acostumbrados a afirmarnos como individuos, a defender identidades, certezas, posesiones y fronteras; de pronto, frente a cientos de reflejos que continúan más allá de lo que alcanza la mirada, el yo se vuelve apenas una presencia diminuta dentro de una totalidad imposible de abarcar. Aquello que para Kusama había comenzado como una experiencia aterradora terminó transformándose en un espacio al que millones de personas desean entrar voluntariamente. Lo que alguna vez quiso invadirla desde dentro terminó siendo una obra capaz de envolver a los demás.
Sería tentador leer su historia desde el viejo mito del artista atormentado y concluir que de la enfermedad surgió la genialidad, pero esa interpretación resulta, además de simplificadora, injusta. El sufrimiento por sí mismo no produce obras de arte. La historia está llena de artistas atravesados por el dolor, la enfermedad, el duelo o la angustia que crearon algunas de las imágenes más conmovedoras que conocemos, pero no fue el padecimiento quien sostuvo el pincel. Fueron ellos quienes encontraron una forma, una técnica y un lenguaje para hacer algo con aquello que les ocurría. En el caso de Kusama hubo, además de una realidad psíquica compleja, una enorme disciplina, conciencia estética y voluntad intelectual. Encuentro necesario no reducirla al estereotipo de la creadora que trabaja desde una supuesta irracionalidad, pues su trayectoria revela a una artista plenamente consciente de las decisiones y discusiones artísticas de su tiempo.
Kusama no escapó de aquello que la perturbaba, sino que aprendió a vivir dentro de ello. En la década de los setenta regresó a Japón y decidió internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio; durante décadas mantuvo una rutina que consistía en acudir a su estudio cercano para trabajar y regresar después a la institución. Siguió pintando, escribiendo, creando esculturas e instalaciones, y décadas más tarde alcanzó una dimensión internacional que difícilmente habría podido imaginar aquella niña que veía el mundo cubrirse de puntos.
Ahí puede encontrarse una de las lecciones más hermosas de su vida. El arte no siempre elimina lo que duele, no borra necesariamente la angustia ni sustituye la atención médica cuando ésta se necesita, pero puede modificar nuestra relación con aquello que llevamos dentro. Puede darle cauce, hacerlo visible, poner cierta distancia entre la experiencia y nosotros. Funciona como una forma de despresurización; la vida nos llena diariamente de recuerdos, pérdidas, deseos, frustraciones, preguntas, alegrías y miedos, y necesitamos lugares donde depositar algo de todo eso para hacer espacio y poder seguir llenándonos.
La expresión, además, no pertenece únicamente a quienes publican libros, exponen en museos o viven de aquello que hacen. En La bailarina de Auschwitz, Edith Eger, psicóloga y superviviente del Holocausto, escribió que reprimir los sentimientos vuelve más difícil liberarnos de ellos y resumió esa idea en una frase que aquí cobra pleno sentido: «Expresión es lo contrario de depresión». No hace falta llamarnos artistas para escribir, pintar, cantar, bailar, bordar, fotografiar o llenar de dibujos una libreta que quizá nadie vea, pues crear también puede formar parte de nuestra higiene cotidiana, de esa conversación íntima mediante la cual intentamos comprender qué nos pasa y qué haremos con ello.
Durante casi un siglo, Yayoi Kusama hizo precisamente eso. En vez de negar las imágenes que invadían su mundo, terminó dándoles una forma que pudiera habitar. Aquello que la había aterrorizado adquirió color, ritmo, volumen y luz, hasta convertirse en un universo al que los demás quisimos entrar. Qué mejor invitación para acercarnos al arte que la de encontrar alguna forma de expresión que nos permita sacar un poco de todo lo que la vida deposita dentro, transformarlo y dejar nuevamente espacio para lo que todavía está por venir.
