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¿Intenciones mezquinas contra la Nueva ERA?

8 de septiembre de 2026
in Opiniones
¿Intenciones mezquinas contra la Nueva ERA?
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IDENTIDAD POLÍTICA/JOSÉ ADÁN ALTÚZAR FIGUEROA/ULTIMÁTUM

La Nueva ERA, encabezada por el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, no solo representa un lema de gobierno; también expresa una disputa de fondo por el rumbo político de Chiapas. En torno a este proyecto se han colocado conceptos como humanismo transformador, transparencia, identidad local y cercanía social. Pero todo proyecto que toca inercias, intereses y privilegios acumulados termina enfrentando resistencias.

Por eso, las acusaciones sobre intentos de desestabilización no deben leerse de manera superficial. Hay críticas legítimas, sin duda, y toda autoridad está obligada a rendir cuentas. Pero también existen campañas que no buscan corregir, sino erosionar; no pretenden informar, sino confundir; no procuran fortalecer la vida pública, sino debilitar la confianza ciudadana en las instituciones.

La acción mediática

El punto fino está en distinguir entre el periodismo crítico y el golpeteo político disfrazado de análisis. El primero documenta, contrasta y exige respuestas. El segundo selecciona hechos aislados, los sobredimensiona y los acomoda al servicio de una narrativa previamente construida: la de un gobierno supuestamente frágil, improvisado o cercado por sus propios errores.

En ese terreno se mueven las intenciones mezquinas: tomar la preocupación social, legítima y real, para convertirla en instrumento de desestabilización. La seguridad, la operación política, la logística gubernamental y el combate a la corrupción son asuntos demasiado serios como para reducirlos a una guerra de rumores o a una competencia por ver quién golpea más fuerte desde una columna, un portal o una cuenta digital.

La oposición tiene derecho a cuestionar y los medios tienen derecho a publicar. Eso es democracia. Pero ese derecho pierde fuerza moral cuando se convierte en consigna, cuando abandona la búsqueda de la verdad y se dedica a alimentar percepciones convenientes para quienes perdieron espacios de decisión. Criticar no es desestabilizar; manipular sí puede serlo.

Los ataques

En las últimas semanas, los ataques mediáticos contra integrantes del equipo de trabajo de Eduardo Ramírez han confirmado que la disputa no solo está en las oficinas públicas, sino también en el terreno de la percepción. La batalla política moderna se libra tanto en las decisiones de gobierno como en la manera en que esas decisiones son narradas, amplificadas o distorsionadas.

Los señalamientos al gabinete, a los mandos de seguridad o a los responsables de la operación gubernamental deben atenderse con seriedad, pero también con equilibrio. Ningún servidor público está por encima del escrutinio. Sin embargo, tampoco puede aceptarse que cada incidente sea usado como pretexto para fabricar una crisis política permanente.

La tarea cotidiana

En materia de seguridad pública, por ejemplo, Chiapas enfrenta retos complejos que no se resuelven con simplificaciones ni con linchamientos mediáticos. Ahí se requiere firmeza, coordinación institucional y resultados. Pero también se necesita responsabilidad en el debate público, porque convertir cada dificultad en supuesto fracaso total solo beneficia a quienes apuestan al desgaste.

Lo mismo ocurre con los episodios de operación política o logística. Un error debe revisarse; una falla debe corregirse; una responsabilidad debe aclararse. Pero de ahí a construir una campaña de descrédito hay una distancia que algunos cruzan con demasiada facilidad, especialmente cuando el objetivo no es mejorar al gobierno, sino debilitarlo.

La bandera del combate a la corrupción también incomoda. Cuando un gobierno advierte que no habrá intocables, inevitablemente toca nervios. Quienes durante años se acostumbraron a moverse con impunidad difícilmente aceptan sin resistencia una nueva lógica de control, vigilancia y rendición de cuentas. Por eso no sorprende que desde ciertos espacios se busque sembrar sospecha sobre todo el equipo gobernante.

El gobierno de la Nueva ERA tiene, desde luego, la obligación de responder con hechos. La mejor defensa frente al golpeteo no es el silencio ni la confrontación estéril, sino el resultado concreto: más seguridad, mejores servicios, transparencia verificable y cercanía real con la ciudadanía. La narrativa se combate con narrativa, sí, pero sobre todo con gobierno.

Al final, la ciudadanía sabrá distinguir entre la crítica honesta y la intriga interesada. Sabrá reconocer quién señala para construir y quién golpea para descarrilar. Chiapas necesita debate, pero no sabotaje; necesita vigilancia pública, pero no campañas mezquinas; necesita firmeza institucional, pero también altura política.

La Nueva ERA apenas, a casi por cumplir dos años, y precisamente por eso enfrenta resistencias. Lo importante será que el gobierno no pierda el centro: responder con trabajo, corregir donde haga falta y no permitir que las voces del pasado marquen el ritmo del presente. Porque una cosa es la crítica democrática, necesaria y saludable; otra muy distinta son las intenciones mezquinas de quienes quisieran ver fracasar aquello que no pudieron controlar.

Ultimátum

Quienes insisten en pintar a este gobierno como débil tendrán que tragarse esa narrativa. La administración en turno ha mostrado firmeza, ha sostenido su ruta yha tomado al toro por los cuernos en un estado tan complejo como Chiapas. Aquí no bastan los discursos ni las ocurrencias: la realidad pluriétnica y pluricultural exige conocimiento, carácter y arraigo. Los gobiernos improvisados ya demostraron el daño que pueden causar. La inexperiencia, el desarraigo y la falta de preparación han condenado a los chiapanecos a rezagos dolorosos: analfabetismo, inseguridad, precariedad en salud pública y abandono histórico del campo. Por eso, quienes hoy apuestan al fracaso deberían recordar que Chiapas ya pagó demasiado caro los experimentos políticos. Por el momento, es cuánto.

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