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La última oposición

25 de septiembre de 2026
in Opiniones
La última oposición
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

Hay semanas en que el país se explica solo. Basta poner dos noticias una junto a la otra y dejar que se hablen entre ellas.

La primera. La Secretaría de Hacienda convocó a los diputados para revisar el Paquete Económico 2027, el documento que decide cuánto se gasta, en qué, y con cuánta deuda. Más de diez billones de pesos sobre la mesa. El PAN y el PRI no mandaron a nadie. Se quejaron de la forma en que fueron convocados. Léase otra vez. La oposición formal de este país decidió que el protocolo de una invitación pesaba más que el presupuesto de la nación.

La segunda. En el Senado, las comisiones aprobaron por amplia mayoría una reforma para castigar a quien use la identidad gráfica del gobierno para hacer parodias. La propuesta original contemplaba hasta siete años de cárcel. Siete años. Más que por muchos delitos que en este país ni se investigan. En la Cámara de Diputados avanza otra pieza, enviada por el Ejecutivo, que obliga a los proveedores de internet a retirar de inmediato contenidos que usen voz, imagen o música ajena, con o sin inteligencia artificial, bajo multas que rozan los cinco millones de pesos. La gente ya las bautizó. Ley antimemes.

Pónganse juntas. Los partidos se ausentan de la mesa donde se decide el dinero. El gobierno se presenta, puntual y con mayoría, a la mesa donde se decide la risa.

Ahí está todo.

Conviene ser justo antes de ser filoso. Hay un problema real detrás de estas reformas. La inteligencia artificial ya clona voces y rostros con una facilidad que da miedo, y un creador tiene derecho a que no le roben su obra. Nadie serio defiende el fraude ni la suplantación. Pero una ley se juzga por lo que permite, no por lo que promete. Y lo que estas permiten es que alguien con poder decida, sin criterio objetivo, qué parodia es infracción y cuál es simple chiste. La frontera entre derecho de autor y humor político queda en manos de los mismos a los que el humor retrata. Eso no es regulación. Es tentación.

Y el poder en México nunca ha sabido resistir una tentación.

La pregunta buena no es si esto es censura. Lo es, o lo será el día que alguien decida usarla. La pregunta es por qué ahora, por qué contra el meme, y por qué con tanta prisa. La respuesta incomoda más que la ley.

El meme es hoy la única oposición que funciona en México.

No los partidos, que llevan años administrando su propia irrelevancia. No los contrapesos institucionales, desmontados uno por uno con la mayoría calificada. No la prensa, que sobrevive pero ya no marca la agenda. Lo único que todavía hiere al poder, lo único que lo hace reaccionar, que lo obliga a responder desde el atril, es la burla anónima que circula en un grupo de WhatsApp a las once de la noche. El chiste que llega a millones sin pasar por ningún consejo editorial. La foto recortada, el video con otra voz, el escudo oficial con una frase que nadie dijo y que todos reconocen como verdad.

Esa oposición no tiene líder que cooptar, ni registro que retirar, ni prerrogativas que recortar. No se le puede invitar mal a una reunión. No se le puede comprar una candidatura. Por eso asusta.

Y hay una ironía que merecería columna propia. Este es el movimiento que convirtió la burla en método de gobierno. Durante años la conferencia matutina ridiculizó adversarios, exhibió periodistas con nombre y apellido, repartió apodos desde el atril más alto del país. El escarnio fue estrategia de comunicación, y funcionó. Con él se ganaron elecciones. Ahora que la herramienta cambió de manos, descubren que la burla lastima. Que no es crítica ligera sino arma. Tenían razón cuando la usaban. Tienen miedo ahora por la misma razón.

Hace unos días la presidenta reprobó las amenazas de un senador de su propio partido contra un periodista. Tuvo el reflejo correcto, y hay que decirlo. Pero las leyes no se escriben para el reflejo de quien gobierna hoy. Se escriben para el que venga mañana, con peor humor y la piel más delgada. Una facultad de castigo no pregunta quién la ejerce.

Aquí está el nudo. El poder no le teme a la crítica. La crítica se contesta, se descalifica, se sepulta bajo otros datos. Al poder le aterra el ridículo, porque el ridículo no discute. Disuelve.

Todo poder descansa en una arquitectura de solemnidad. El escudo, la banda, el atril, el tono grave, la ceremonia del informe, el salón con candiles. Esa escenografía no es adorno. Es estructura. Le dice al ciudadano que lo que ocurre allá arriba es serio, inevitable, superior a él. El meme le quita el yeso a la pared y enseña el cartón. Por eso castigar el uso de la identidad gráfica del gobierno no es un asunto de propiedad industrial. Es la defensa de la escenografía. El escudo es el último lugar donde el poder se siente intocable, y no está dispuesto a que se lo pinten de bigote.

México conoce esta película. Porfirio Díaz encarceló una y otra vez a los editores de El Hijo del Ahuizote, el periódico de caricatura que se burlaba de él cada semana. Posada le puso calaveras a la élite que se creía eterna. El régimen tenía ejército, jueces y Congreso. No logró que la gente dejara de reírse. Lo que cayó fue el régimen, no el chiste.

Y ahora regreso a los ausentes de San Lázaro, porque son la otra mitad de la historia. Cuando un país delega su oposición al humor anónimo es porque la oposición institucional renunció. No solo por persecución. También por pereza, por cálculo, por comodidad. Faltar a la revisión del presupuesto porque la invitación llegó mal es la conducta de quien ya se asumió espectador. Y el espectador, cuando no tiene nada que proponer, comparte un meme. El meme no nació para sustituir a la oposición. La sustituyó porque encontró la silla vacía.

Esto tiene un límite que hay que decir sin romanticismo. La burla desnuda pero no construye. Un país puede reírse de sus gobernantes durante décadas sin cambiar una sola cosa. La risa es termómetro, no medicina. Si la última oposición que nos queda es un chiste, el sistema entero está en terapia intensiva, y el paciente se ríe para no llorar. Lo que falta no es más humor. Es alguien que tome lo que el humor revela y lo convierta en proyecto, en votos, en instituciones. Esa tarea sigue vacante, y nadie la está ocupando.

Por eso la ley antimemes dice más de ellos que de nosotros. Un gobierno con mayoría calificada, con el Congreso a su medida, con la oposición ausente por voluntad propia, dedica sus comisiones a perseguir la risa. Lo tiene todo, y aun así le incomoda el chiste.

Nadie legisla contra lo que no le duele.

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El autor es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor del libro Arquitectura o Inercia.

ncorzo@gmail.com

@NizalebCorzo

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