COLABORACIÓN INVITADA/ENRIQUETA BURELO/ULTIMÁTUM
Hablar de Chiapas es hablar de un territorio que parece haber nacido con vocación turística. Pocos estados de México reúnen, en un mismo espacio, selvas, montañas, ríos, cascadas, zonas arqueológicas, ciudades históricas, pueblos originarios, gastronomía, artesanías y una diversidad cultural capaz de sorprender incluso a quienes hemos vivido aquí durante muchos años.
Pero la vocación turística de Chiapas no puede reducirse a la belleza de sus paisajes. El verdadero patrimonio turístico del estado está en la suma de naturaleza, historia, cultura y comunidad.
Desde Palenque hasta Bonampak y Yaxchilán; desde San Cristóbal de Las Casas hasta Chiapa de Corzo; desde los Lagos de Montebello hasta el Cañón del Sumidero; desde las montañas de Los Altos hasta las fincas cafetaleras del Soconusco, Chiapas posee condiciones excepcionales para construir una oferta turística diversa y con identidad propia.
A ello debemos agregar algo que durante mucho tiempo no hemos valorado suficientemente: la experiencia chiapaneca. Quien visita nuestro estado no solamente quiere contemplar un paisaje; quiere probar un café cultivado en nuestras montañas, conocer cómo trabajan las artesanas, escuchar una marimba, recorrer un mercado, descubrir nuestras cocinas tradicionales, visitar un museo, conversar con quienes producen cacao, textiles, ámbar o café y comprender las historias que existen detrás de cada producto.
Ahí se encuentra una enorme oportunidad.
El turismo contemporáneo busca cada vez más experiencias auténticas. Por ello, Chiapas puede fortalecer rutas que vinculen museos, sitios arqueológicos, comunidades, gastronomía, naturaleza y producción local. La Ruta del Café, por ejemplo, puede ser mucho más que la visita a una finca: puede conectar al productor con el barista, al museo con la comunidad, a la gastronomía con la historia y al visitante con el territorio.
Pero tener atractivos extraordinarios no garantiza por sí mismo un turismo exitoso. La vocación necesita convertirse en política pública y en trabajo coordinado. Se requiere infraestructura, conectividad, seguridad, capacitación, promoción, señalización, servicios de calidad y, especialmente, una estrategia que permita que los beneficios económicos lleguen a las comunidades.
También necesitamos cuidar aquello que ofrecemos. No tendría sentido atraer más visitantes si el crecimiento turístico deteriora nuestros ecosistemas, banaliza nuestras culturas o excluye a quienes han conservado durante generaciones el patrimonio que hoy queremos mostrar al mundo.
El turismo que Chiapas necesita debe ser sustentable, comunitario, culturalmente respetuoso e incluyente. Debe incorporar a las mujeres, a las juventudes, a los pueblos originarios, a productores, artesanos, cocineras tradicionales, guías, pequeños empresarios y emprendedores.
Y los museos tenemos mucho que aportar. Un museo no debe ser únicamente un sitio al que se llega después de recorrer una ciudad. Puede convertirse en puerta de entrada para comprender el territorio. El Museo del Café de Chiapas, por ejemplo, permite contar una historia que une economía, migración, agricultura, medio ambiente, cultura y vida cotidiana.
Chiapas no necesita inventarse una identidad turística: ya la tiene. El desafío es reconocerla, organizarla, comunicarla y convertirla en oportunidades de desarrollo sin destruir aquello que nos hace diferentes.
Nuestra mayor fortaleza está precisamente en lo que somos.
Porque promover turísticamente a Chiapas no significa solamente invitar a conocer un destino. Significa abrir las puertas de nuestra casa, compartir nuestra memoria y demostrar que naturaleza, cultura y desarrollo pueden caminar juntos.
Chiapas tiene vocación turística. Ahora corresponde convertir esa vocación en una estrategia de desarrollo que beneficie, antes que, a nadie, a las y los chiapanecos.

