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¿Qué hacemos con el dolor que nos deja la violencia?

26 de octubre de 2026
in Opiniones
¿Qué hacemos con el dolor que nos deja la violencia?
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LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/GELY PACHECO

Definitivamente hay noticias que una quisiera no tener que escribir y no porque falten las palabras más bien es porque ninguna parece suficiente para nombrar la dimensión del dolor y estas noticias llegan justo cuando intentamos recuperar un poco de tranquilidad.

Ariana Scarlett Velázquez Cruz tenía tan solo 12 años de vida y su abuela, Miriam Cruz Alpuche, la cuidaba y se acompañaban en las labores del campo y llegó lo que todas tememos nos llegue un día de la manera más inesperada. Ambas desaparecieron en Ostuacán, un 19 de octubre. El cuerpo de Miriam fue localizado dos días después; el de Ariana, el viernes 23, tras una búsqueda en la que participaron familiares, habitantes de la comunidad y autoridades. La Fiscalía ya informó que la niña sufrió violencia sexual antes de ser asesinada y la brutalidad de los hechos ha provocado indignación en todo el estado.

Detrás de sus nombres hay una familia que enfrenta una pérdida inimaginable, una madre que tendrá que aprender a vivir con dos ausencias devastadoras, su hija y su madre y una comunidad conmocionada por una violencia que viven las niñas que rebasa cualquier explicación sencilla: ¿Cómo se acompaña a una mujer que ha perdido a su hija y a su madre? ¿Qué palabras pueden ofrecer consuelo cuando la violencia y el machismo ha arrebatado dos generaciones de una misma familia? ¿Qué podemos decirles como mujeres, como sociedad, como instituciones, que no termine sonando insuficiente frente a un dolor semejante? No hay palabras que reparen ese dolor ni posicionamiento público que pueda considerarse suficiente ante hechos tan atroces.

Con frecuencia, hay quienes reaccionan cuando la violencia ya es irreversible: se indignan, exigen justicia, comparten mensajes y piden que algo cambie y eso también forma parte del problema porque no terminamos de comprender que no basta con expresar indignación durante unas horas y continuar con nuestras vidas hasta que otro caso vuelva a estremecernos pues resulta que la indignación colectiva suele tener fecha de caducidad, y es ahí donde justamente encontramos una de nuestras fallas más profundas como sociedad que es esperar a que las grandes transformaciones comiencen únicamente después de una tragedia.

La indignación no basta

La tragedia de Ostuacán tiene una segunda dimensión pues tras la detención de dos presuntos responsables, habitantes del municipio intentaron lincharlos y uno murió a consecuencia de las agresiones y otro resultó herido. Y claro que es comprensible la rabia de una comunidad conmocionada por el miedo, la indignación y la desesperación que acompañan a quienes sienten que la violencia ha rebasado su vida cotidiana pero ninguna comunidad debería verse obligada a elegir entre vivir con miedo y hacer justicia por su propia mano para recuperar dignidad.

No sé qué decirle a esa madre e hija a la vez y no hay reflexión suficiente ante un dolor así pero lo que sí podemos decidir es que la indignación no sea solamente un sentimiento que pase como un scroll. Nos corresponde hacer cambios  para que las niñas y adolescentes puedan vivir sin miedo, para que las mujeres no tengamos que defender nuestro derecho a existir y para que ninguna comunidad crea que está sola frente a la violencia. Y por supuesto que esas acciones tampoco sustituyen las obligaciones de las instituciones ni las políticas públicas que se necesitan; son parte de una responsabilidad colectiva.

Tal vez el problema es que, como sociedad, estamos dispuestos a indignarnos por mucho pero a cambiar muy poco. Queremos que la violencia termine, siempre y cuando no tengamos que revisar nuestras propias conductas, cuestionar nuestros privilegios o confrontar aquello que hemos aprendido a considerar normal. Como diría Rockdrigo González, pareciera que nadie tiene tiempo para cambiar su vida. Y en esa resistencia al cambio, los hombres, particularmente quienes todavía no reconocen su responsabilidad en la transformación de las relaciones entre mujeres y hombres, tienen mucho que revisar.

Porque combatir la violencia no puede seguir siendo una tarea exclusiva de las mujeres ni una preocupación que aparece únicamente cuando otra niña es asesinada. ¿Cuándo vamos a empezar, por fin, a tomarnos en serio la vida de las mujeres y las niñas? Lo que no se nombra, no existe; pero nombrarlo no es suficiente si no estamos dispuestos a cambiar aquello que permite que la violencia siga existiendo.

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